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Alegrame el día, nena.
Estrategias infográficas de felicidad en la era de la telerealidad asistida (o cómo mi nena se convirtió en una Blackberry)
Lo siento pero, ya está visto: nadie puede ya alegrarme el día. Ni este ni ninguno de los futuros. Siento ser tan tajante, tan tosco en las conclusiones. Pero las cosas son así. No sé si demasiadas nenas pero sí que demasiadas alegrías. Sí, demasiadas alegrías, ese es el problema. Alegrías de andar por casa, claro. De plexiglás, celofán y piñata. Pero alegrías al fin y al cabo. Un golpe seco y preciso, y el festín de la felicidad y de la alegría cae sobre nosotros esparciendo su buenrollismo. Todo va dabuten, parece ser el lema de nuestra época líquida y, por lo menos a mí, llega a hartarme.
Ya digo que siento ser tan pesimista, tan poco dado a la mandanga de la concelebración y a ir por ahí pidiendo favorcillos, pero es que uno ha intuido hace ya tiempo que el horror y la tragedia es nuestra destinación más plausible. Y, claro está, con convicciones como esta, no se puede llegar muy lejos. Y, es que, convendrán conmigo en que lobotimizados como estamos, hemos adquirido la extraña habilidad de sacar felicidad y alegría de cualquier situación que se de en el secarral invertebrado en que se han convertido nuestras vidas, tan planas como una de esas pantallas en que —verdaderamente— acontece nuestra vida.
¿Quién no ha asistido —por poner únicamente un ejemplo, pero del que sabremos sacar todas las conclusiones que haga falta— a una de esas veladas soporíferas y de duermevela donde, de repente, a uno de los amigotes más enrollado, como un forajido de leyenda, no se le ocurre otra cosa que sacar su móvil y plasmar el fiestón en imágenes para que el recuerdo no se pierda, no se diluya en la anda de la que nunca debió haber salido? La cosa entonces ya cambia, de la sosería cadavérica generalizada, de la boludez testosteronoica o la sinsorgada gineceica, se pasa sin dilación al esperpento de los caretos, de las muecas retorcidas y al comadreo de los coleguis. Pero queda lo mejor, claro está. Al día siguiente, obviamente y ya cuando la obsolescencia del domingo resacoso llega a su cenit, al colega de turno no se le ocurre otra cosa que subir las instantáneas a ‘feisbuk’ y ‘tuiter’, enviarlas y reenviarlas, ponerlas en su perfil, etc. Que se vea, que se note. Ya no vale con fardar e ir de alardeando de vida social. Ya todo tiene que ser registrado y —más importante aún— enseñado, mostrado en una vorágine de imágenes donde nuestro ‘yo’ queda fagocitado y fragmentado en una red ‘ad infinitum’ de imágenes donde, obviamente, es el fantasma lo único capaz de llenar los vacíos siempre deslizados que provoca la hipertrofia de una biografía que, siguiendo la idea de Paul de Man de una autobiografía como ‘desfiguración’, es ahora llevada al paroximso de una ciberrealdiad donde nuestra alegría y felicidad es constantemente producida como efecto virtual de superficie.
Hiperconectividad: esa es la palabra que define ahora el ansía por perseguir el secreto de la felicidad. “Alégrame el día”, pedimos. Pero no ya a ninguna nena, sino a nuestra identidad cibernética. En el juego de espejos en que ha terminado por remitir la fantasmagoría del simulacro postmoderno, la felicidad es cuestión de ‘tuits’ y seguidores. Mínimo de esfuerzo para un máximo de recompensa: una mueca a tiempo, una charanga a la hora justa, y toda una cita quedará marcada por el aura indeleble de lo superdivertido. Alégrame el día, claro, pero no ya a ninguna nena, sino a nuestro onanista sentido de la telepresencia. Para ello, obviamente, solo un requisito: eliminar las barreras entre vida privada y vida pública. Porque uno, como dijo Debray, se museografía en vida. Porque uno es un zombi, un muerto viviente para el que no existen más que dosis de cibersatisfacción. Nada somos más que una repetición de falsos posados, de robados donde nuestra vida se diluye en la mirada de ese otro que ya nada tiene de psicoanalítico. Nada de construcciones sintomatológicas en busca de un vacío estructural; nada de espejos donde el ‘je’ y el ‘moi’ se remiten a la mirada siempre justiciera y dogmática del otro. Nada tampoco de miradas que abren el campo hermenéutico del sentido a una radical otredad. Nada. Ahora, la mirada cínica que Baudrillard profetizó nos devolverían las mercancías, se ha tornado en la mirada de unos gadgets que nos redimen de nuestra falta de sustrato existencial. Porque viviendo en un mundo pixelado y domotizado, la felicidad queda adiestrada en la tiranía de la imagen instantánea: ahí donde no cabe otra cosa que el recurso a la pose de gala, a la simulación del enrollado y a la mueca graciosa por antonomasia. Sí, decididamente, mucha más alegría y felicidad me proporciona mi Blackberry que cualquier nena dispuesta.




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